Aquella Primera Pipa
Hoy en uno de mis paseos matutinos, de esos que te permiten disfrutar plenamente de la vida en el campo, esos que tan lejos quedan de las carreras que día a día iniciamos afanándonos por llegar a tiempo a todos lados, a través de cientos de arterias de asfalto, le he descubierto sentado en un mojón al pie del camino.
Su piel está tan curtida que diríase obra de cualquier artesano del cuero y su pelo como la nieve se encarga de dar a su aspecto general un aire de venerable ancianidad. La mirada es dura pero sincera, el resultado de unos ojos que han visto mucho y variado durante una larga vida. Hoy por fin, venciendo el deseo de mis pies a seguir la senda he parado junto a él y he prologando algo más el saludo. Me ha hecho saber, con mágicas cábalas el porqué mañana tal vez llueva; el porqué la cosecha será buena y el motivo de que los rebaños en esta estación, premiaran a sus dueños con muchos y sanos retoños.
En el transcurso de nuestra conversación, se ha reído amigablemente de mis prisas urbanas y tomando tierra en sus manos me ha querido transmitir lo que realmente es importante en la vida. Ha hecho cientos de reflexiones del porqué reducir la marcha y, con tal motivo ser capaz de saborear las cosas que normalmente pasan por entre las ventanillas de nuestro tren sin que seamos capaces de apreciarlas.
Embobado por sus palabras no me he dado cuenta de que sacaba una vieja pipa de su chaleco, casi tan añeja como él. Lustrada por el roce de años y años de uso pero perfectamente conservada. Ha tomado luego una bolsa de cuero y de su interior, y delicadamente, ha ido tomando a pellizcos pequeñas hebras de tabaco que con una paciencia casi exasperante, para un urbanita como yo, ha dejado caer en el interior de la pipa. Con mimo y sin temor a que acaso llegara la tarde sin que hubiera terminado, ha ido acomodando cariñosamente el tabaco en el corazón del brezo paso a paso, con deleite.
Ha continuado el ritual, a veces esbozando una tímida sonrisa al comprobar que alelados, seguían mis ojos el rítmico y sabio movimiento de sus dedos, ora desmenuzando el tabaco ora acomodándolo en la pipa. Al terminar ha colocado la pipa sobre un trocito de corteza de abedul y perdiendo su mano en el interior del bolsillo del chaleco, que se me va antojando chistera de ilusionista, ha hecho aparecer una caja de cerillas que con el mismo cuidado coloca junto a la pipa después de haber extraído tres cerillas de ella.
A su espalda, sin que yo hubiera reparado en ella, se ocultaba un morral de cuero que el anciano ha cogido con delicadeza, al tiempo que me preguntaba si tenía prisa. Por toda respuesta hice un gesto con los hombros. Ha sacado una cachimba que no por tosco su tallado dejaba de ser hermosa. De caño recto y de color miel todo su cuerpo, era el fruto de horas de tranquilo tallado y suaves repasos de lija. La ha colocado sobre otro trozo de corteza y nuevamente, por esa especie de arte de magia, aparece entre sus manos una caja de cerillas. Me mira y sonríe maliciosamente y hace surgir otra caja, de cerillas, al tiempo que con jocosa risa hace el comentario de que espera que sea suficiente la lumbre.
Comienza el proceso de llenar el corazón del brezo con su mezcla de tabaco, tranquila, pausadamente, con mimo.
Termina su ritual y ante mi asombro me ofrece la pipa, la última que sus manos han tallado, y con una sonrisa pícara me entrega las dos cajas de cerillas al tiempo que me dice:
-Hoy fumaremos juntos, y señalando el horizonte comenta, se acerca el alba es hora de dar fuego al tabaco y vida a la pipa y comprobar si la tierra ha hecho bien su trabajo y dado buena madera.
Su cachimba lanza volutas a modo de bienvenida a las primeras luces del día y yo todavía me sigo peleando, cerilla en mano, con el tabaco para intentar dejarlo encendido. Me mira y estallamos en una carcajada. Toma mi pipa y con un trocito de madera reacomoda el tabaco y me la devuelve, prendo la cerilla y siguiendo sus indicaciones doy suaves pitadas, ¡ya va tirando!, ¡ya va tirando! y por entre el humo de mi pipa miro a mi compañero de fumada, en silencio.
Ha quedado como una estatua, calmo, como ausente, si no fuera por el humo que de cuando en cuando brota de su nariz, de su boca, de su pipa, no sería capaz de saber si realmente es de carne y hueso. Espera pacientemente hasta que cerilla tras cerilla voy consiguiendo controlar la fumada y, cuando es consiente que ya comienzo a cogerle el tranquillo y disfrutar del tabaco parece salir del letargo y comenzamos una larga y agradable charla, entre pitadas y algún trago de vino de la tierra.
Terminada la pipa, se levanta calmadamente y sonríe. Me da la mano y se despide, me pregunta cuántos días estaré en el pueblo y me emplaza en ese lugar, si lo deseo, cada día momentos antes del alba para seguir nuestra charla. Me pide mi caja de cigarrillos y en un símil de trueque me entrega una bolsita con algo de su mezcla de tabaco. Casi como si me cambiara la prisa por la calma.
Suena el teléfono y salgo de una especie de sopor y todavía, por entre las últimas volutas de humo de mi pipa, creo ver a mi amigo justo al llegar el alba, mirándome y sonriendo. Me pongo en pie, ya ha marchado el alba. Es de día y llega hasta mí el bullicio de la ciudad que una mañana más se despereza, justo después del amanecer, habiéndome dado tiempo de fumar mi primera pipa, al alba como me enseñara Luis, mi amigo Luis.
Pedro Romero-Auyanet
-Canarias-