Pregón                      
 

 

 

El 16 de Agosto de 2004, Fernando Avilés pronunció el pregón inaugural de las Fiestas Mayores.


 

 

 

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Fernando Avilés

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fiestas de 2004

Ossa de Montiel

No quisiera comenzar sin agradecer antes al Sr. Alcalde, a la Corporación Municipal y a la Comisión de Fiestas su deferencia al proponerme como Pregonero de estas Fiestas Mayores de 2004. Gracias también a la Reina de las Fiestas y Damas de Honor, a las autoridades e invitados y a todos los presentes. Para mí es una satisfacción y un privilegio estar hoy ante mis paisanos, mis amigos y mis familiares en esta ocasión de fiesta y celebración.

Y como parece que estoy aquí por mi condición de historiador, no me queda más remedio que hablar de historia. Pero no me referiré a esa Historia grande, con mayúsculas, que nos habla de guerras y de reyes, de imperios ganados o perdidos, sino a otra historia más cercana, la de este pueblo y las gentes que en él vivieron hace muchos años. Estamos en fiestas y parece que lo más propicio es hablar de festejos y celebraciones. Por tanto, me propongo trazar un esbozo, breve porque la ocasión lo requiere, sobre las fiestas antiguas de este pueblo.

Voy a intentar definir primero el marco cronológico, la época en la que sitúo mi propósito. Se trata del tiempo en que se desarrollan mis estudios historiográficos, la Edad Moderna, el Siglo de Oro y, más concretamente, el siglo XVII en su primera mitad. En la corte reinaban los Austrias y pintaba Velázquez, Cervantes acababa de escribir su Quijote y el gran Quevedo vivía y moría muy cerca de aquí, en Villanueva de los Infantes.

Recuerdo que, cuando era niño, mi padre me decía que por delante de la puerta de nuestra casa habían pasado don Quijote y Sancho Panza a lomos de sus cabalgaduras. Y era cierto, porque por delante de la puerta de mi casa, por las calles de este pueblo, pasó don Miguel de Cervantes, en virtud de su cargo de comisario real de abastos, y en su mente ya cabalgaban sus dos excelsos personajes. A mi me gusta imaginar a don Miguel de Cervantes recorriendo las calles de la Ossa, las pocas calles que tenía entonces la villa, la de la Encomienda, la de las Ventanas, la calle Empedrada, la de la Seroja, la de los Rotos, la del Rollo. Muchas veces me lo imagino hablando con la gente del lugar, veo a alguno de mis ancestros guiándolo para visitar la cueva de Montesinos, la aldea de San Pedro, las Lagunas, lugares que más tarde Don Miguel plasmaría en su obra. ¿No habéis pensado en que quizás alguna de las historias pastoriles que Cervantes intercala en su inmortal libro, se la pudo oír a algún pastor del pueblo? ¿En que algunos de los personajes del Quijote pudieron estar inspirados en las gentes de este lugar? Ossa de Montiel forma parte, y una parte importante, de una obra universal e imperecedera. El episodio de la cueva, la lucha contra los títeres, la aventura de los batanes, son capítulos tan significativos que bastarían por sí solos para definir la locura genial de Alonso Quijano. Los que hemos nacido aquí podemos sentir el orgullo de haber colaborado con don Miguel en la gestación de una de las obras más sublimes que ha creado el ingenio humano, quizá no directamente, pero sí a través de nuestros antepasados.

Si me perdonáis el atrevimiento de rectificar a don José Ortega os diría: Yo soy yo y mi historia. Porque sin la historia, las personas perderíamos parte de nuestra esencia, de nuestra humanidad. Yo soy yo y lo que yo hago, pero también soy lo que hicieron las gentes que vivieron antes que yo, porque sin ellas no sería exactamente como soy ahora.

Pero habíamos quedado en hablar de las fiestas que se celebraban en Ossa de Montiel en el siglo XVII y es hora de comenzar con ello. El XVII fue un mal siglo. El hambre, la guerra y la peste hacían estragos por todos los rincones del reino. La pobreza era extrema y los mendigos formaban legión. Pero no por eso la gente dejaba de divertirse. Al contrario, la situaciones críticas pueden exacerbar a veces las ansias de gozar con lo poco que se tiene. “Voy a disfrutar hoy, porque mañana puedo estar muerto”. La guadaña se cernía continuamente sobre sus cabezas, la esperanza de vida no subía mucho más de los treinta años, el sufrimiento y la miseria eran cotidianos. Por eso, aquellas gentes, vuestros tatarabuelos y los míos, aprovechaban cualquier momento por efímero que fuera para olvidar las penalidades, para huir de la miseria diaria y tratar de encontrar un resquicio por el que atisbar un poco de felicidad.

Así pues, vamos a hacer un recorrido por las fiestas de este pueblo en aquella época, vamos a ver cómo se divertían mis antepasados y los vuestros hace 400 años.

Una de las celebraciones más notorias era la romería de San Pedro que se celebraba todos los años en la ledanías mayores, es decir, a finales de abril. Precedida de las luminarias, ritos ancestrales de oscuro significado, su origen estaba en el voto que hizo la villa a causa de una pestilencia, una epidemia. No se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento, pero seguramente se remontaba a los siglos finales de la Edad Media, el XIV o el XV. Las romerías, como la mayoría de las fiestas de la época, tenían una base religiosa. La Iglesia se esforzaba para que no perdieran su naturaleza penitencial puesto que era ése el fin primero con que se instituyeron. Pero el pueblo las transformó en una ocasión de bulla y jolgorio, comilonas y galanteos. La bebida, que corría abundante, era causa de pendencias y las aventuras amorosas menudeaban. La concurrencia de hombres y mujeres rompía la rígida separación de sexos que se observaba normalmente durante el resto del año. Por esta razón, la autoridad eclesiástica, en aquellos tiempos de religiosidad extrema, las veía con malos ojos.

Todos hemos disfrutado en esa romería. Yo tengo que reconocer mi culpa por haber faltado en los últimos años, unas veces por causa del trabajo, pero otras por mera pereza, pero aún conservo vívida memoria de las romerías de mi infancia, cuando los amigos escalábamos a los cerros más altos y descendíamos a la Cueva de Montesinos, cada uno hasta la profundidad que su valor le permitía, arrojábamos piedras al pozo de la mina para escuchar el eco terrorífico que ascendía desde aquella profundidad que a nosotros nos parecía infernal, construíamos cerbatanas con tacos de estopa, con las que librábamos singulares batallas, y , sobre todo, nos subíamos a lo más alto de las dos descomunales rocas que simbolizan la grandeza de San Pedro.

Además de la ermita de San Pedro de Sahelices, en el siglo XVII había otra en el pueblo. Era la de Santa Catalina, cuya festividad se celebraba el 29 de Abril. Esta coincidencia de fechas pudo hacer que la advocación de la santa terminase por sucumbir. La ermita estaba muy cerca del pueblo, junto al río, pero desapareció poco después. Debió de caer en ruinas sin que nadie se molestase en restaurarla.

En los textos se menciona otra festividad, la de San Matías, el día 14 de mayo, aunque sin especificar nada más que se guardaba el día, y que el Concejo de la villa tenía establecido donar lo que llamaban una “caridad”, es decir, un reparto de trigo del pósito a los pobres de solemnidad, que en aquella época eran muy numerosos.

También existe constancia de otra celebración completamente olvidada: la feria de San Martín, que tenía lugar cada año entre el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, y el 14, San Eugenio. En la época que nos ocupa estaba en franca decadencia y son numerosos los documentos en los que el Concejo de la Villa se queja y pide ayuda al Rey para restablecer el antiguo esplendor de la feria. Las ferias tenían una finalidad eminentemente comercial. Si eran francas, es decir, si estaban exentas de impuestos, congregaban a una multitud de compradores atraídos por los precios bajos. Es por eso que los regidores de la villa de la Ossa pugnaban con las autoridades para conseguir la exención de la alcabala, que era el impuesto sobre las ventas, como el IVA de nuestros días.

Podemos suponer que aquella feria gozó de mejores tiempos. Llegó a ser famosa por la cantidad de puercos que en ella se vendían. Pero también se podían adquirir otros animales: gallinas, cabras, burros, bueyes que todavía se utilizaban en las labores agrícolas, aunque poco a poco fueron sustituidos por las mulas, animales de labor más parcos en el comer y más rápidos en el trabajo. Además, se compraban otros artículos que eran difíciles de adquirir durante el resto del año: herramientas y pertrechos para el trabajo, útiles de cocina, telas y adornos, y otros productos necesarios.

Podemos imaginar la Plaza llena de puestos donde los vendedores pregonaban sus mercancías. En sus buenos tiempos, la feria debió atraer a mucha gente de los pueblos aledaños y quizás de otros más alejados. Durante dos semanas el pueblo se transformaba, inmerso en un bullicio desconocido el resto del año. Porque con ocasión de las ferias, no sólo acudían vendedores y compradores. También venían titiriteros y saltimbanquis, cómicos y juglares, echadoras de cartas y tahúres, meretrices y charlatanes, ciegos que narraban con letanía monótona historias lúgubres y amoríos trágicos.

En cuanto a las fiestas de San Miguel, que se celebraban el 29 de Setiembre hasta que fueron trasladadas a estas fechas hace unos  treinta y cinco o cuarenta años, si no recuerdo mal, no existían en el siglo XVII. Debieron instituirse más tarde, quizá en el siglo XVIII o XIX, y probablemente en sustitución de la Feria de San Martín que por entonces ya habría desaparecido por completo.

Además de estas fiestas de tradición local, existían muchas otras a lo largo del calendario. El descanso dominical era escrupulosamente observado y a él se sumaban numerosas festividades religiosas, más o menos generales, que podían llegar al medio centenar al año. Algunos autores han llegado a cuantificar como no laborables la mitad de los días de año, cifra que a mí me parece demasiado elevada, pero que nos da idea de la enorme variedad de festejos que salpicaban el calendario.

San Antón, patrón de los animales, celebrado con carreras de caballerías, en las que los mozos demostraban su pericia haciéndolos correr alrededor de la Iglesia. San Juan, la noche mágica, que las mentes de los campesinos poblaban de brujas voladoras.

El carnaval, la más popular de las fiestas profanas, una explosión de alegría en la que las máscaras liberaban de las ataduras comunes y permitían actitudes antes vedadas. El Carnaval es la fiesta de la burla, la broma, la algazara, la chanza, la risa, la parodia y el humor. Durante el Carnaval se relativiza jocosamente cualquier orden o jerarquía y en él impera la risa. La risa es una victoria sobre el miedo moral, el miedo ante lo tabú o prohibido o sacralizado. Gracias a ella todo lo amenazador queda transformado en cómico, y lo terrible se convierte en alegre espantajo.

Este era entonces un pueblo de pastores, y los pastores festejaban a su santo patrón San Pedro Apóstol con el baile del garrote, una danza pastoril de origen inmemorable, que constituye otra de las señas de identidad de nuestro pueblo.

Jueveslardero, la fiesta campestre e infantil, última oportunidad de comer cerdo antes de sumergirse en las prohibiciones de la Cuaresma. El Corpus Cristi, quizá la festividad más importante del calendario cristiano. Navidad y Reyes. La Semana Santa, en la que el pueblo se echaba a la calle para manifestar en las procesiones sus sentimientos religiosos, aunque también era aprovechada por muchos para expansiones profanas.

Y tantas y tantas festividades de santos y advocaciones marianas.

Añádase a esto otro tipo de celebraciones privadas, como las bodas, o públicas pero de carácter circunstancial, como la llegada al pueblo de un grupo de cómicos de la legua, y se tendrá un cuadro bastante completo de los festejos celebrados en Ossa de Montiel hace cuatro siglos.

El lugar de diversión cotidiana era el mesón. Allí se reunían a beber, a charlar con los amigos, a cantar y a bailar al ritmo de la caña y el rasgueo de la vihuela. El mesón se ubicaba en la llamada entonces plaza pública, hoy plaza de la Constitución, esquina a la calle de la Encomienda, en la actualidad calle Canalejas. Había también alguna taberna, que en realidad se dedicaba casi exclusivamente a la venta de vino, vinagre, aceite y salazón de bacalao.

En suma, y para terminar, este pueblo rezuma historia. La lírica castellana se nutre de romances tan hermosos como el de Fontefrida. Formamos parte de la obra literaria más universal e imperecedera. Creo que podemos y debemos sentirnos orgullosos de ser oseños.

Os deseo a todos unas muy felices fiestas. Gracias.